El pasado sábado fui por primera vez con un nutriólogo porque
últimamente he estado aumentado de peso y estaba un poco harta de sentirme mal
por no verme como cuando pesaba 45 o 48 kilos como en la universidad. Una verdadera
idiotez.
Hace unos meses volví a ver a varias amigas que no veía en meses
o incluso años. Muchas de ellas (no se sientan mal AMIGAS si van a leer esto,
ustedes no tienen la culpa, es el estúpido sistema en el que hemos crecido y
reproducido) después de abrazarnos, tímidamente me preguntaban ¿subiste de peso? o ¡te ves más llenita! ¡Ya
no te ves tan flaca!
Yo contestaba casi llorando ¡¡sí, subí de peso!! Ellas
trataban de consolarme, diciendo que así me veía mejor. Pero poco a poco
comenzó a resurgirme ese trauma que desde niña me ha acompañado a lo largo de
los años, ¡estar gorda!
Durante un tiempo –hipócritamente- les decía a las personas
que ser gordo o flaco no tiene nada de malo, sólo es un atributo físico y que el
peso no debe de importar. Y no, no debe
importar y sí todos tenemos derecho a defender nuestro cuerpo y aceptarlo tal
cual es.
Pero yo había ido por ahí con la bandera de no importa
cuánto peses, acéptate y bla, bla. Porque yo estaba delgada. Ahora que comencé
a subir de peso, comencé a hacerme daño mentalmente y a llorar muchas veces
frente al espejo porque no me quedaba mis pantalones XS o S ¡sí soy una imbécil!
Hoy, mientras comía me di cuenta que debo de aceptarme tal
cual y que no puedo compararme con mi yo de los 20 años, porque no soy esa persona.
Que mi nutrióloga es bastante mala y timadora si ella siendo una profesional de
la salud, me ofrece una dieta para bajar
más de 8 kilos, cuando mido 1.60 y peso 56 kilos.
No tengo sobrepeso. Sí debo de cuidarme, alimentarme bien,
hacer más ejercicio pero no tengo porque martirizarme por pesar 48 kilos. Y hoy,
sin ser hipócrita, les digo al diablo las dietas y los estándares de belleza
que nos hacen sentir mal con nuestro propio cuerpo.